Saturday, May 22, 2010

MI PAÍS ES EL MUNDO, MIS COMPATRIOTAS LA HUMANIDAD

Las naciones y los países son una invención artificial del ser humano. Siglos de guerras, migraciones y desastres han dividido al mundo en paises; algunos pequeños, otros grandes; algunos fuertes y ricos, otros débiles y pobres. No importa lo antiguo que sea un país, pues la misma pregunta surge una y otra vez: ¿de dónde obtienen los países su legitimidad?

Algunas naciones están basadas en una lengua o cultura común como Alemania o Italia. Algunos países por el contrario son el resultado de los caprichos de la historia y engloban a un gran número de etnias, culturas y naciones. Un ejemplo de esto pueden ser China o Irak. Sin embargo, los países son una invención del ser humano que ha tenido efectos devastadores.

Los países llevan al patriotismo que a su vez lleva a lo que ha sido el cáncer de los siglos XIX y XX: el nacionalismo. Este término, en todas sus formas (racismo, imperialismo, fascismo entre otras), ha sido la causa un número incontable de guerras, siendo las dos Guerras Mundiales su creación más conocida. El nacionalismo propone que un determinado país (con todo lo que ello conlleva) es mejor que sus vecinos. “Mi cultura es superior a la tuya, mi historia es más rica que la tuya, mi país es mejor que el tuyo.” Esto ha cegado a gente durante siglos y llegó a su punto más álgido en el siglo XIX con la ola de nacionalismo que barrió Europa y que creó, entre otros, los modernos países de Grecia, Alemania e Italia. Lo único bueno que nos dejó el nacionalismo fue el romanticismo. El nacionalismo se vio reforzado por los regimenes totalitarios de la primera mitad del siglo XX. Afortunadamente, en la actualidad se puede considerar a un gran número de países como democráticos que rechazan estas teorías discriminatorias. No obstante, esta enfermedad aún no ha sido erradicada y se encuentra presente a lo largo y ancho del globo terráqueo.

“Mi país es el mejor.” Esta es la afirmación que resume el patriotismo, que según el escritor francés Guy de Maupassant, “es un tipo de religión; es un huevo en el que se incuban las guerras.” Creerse superior a otro ser humano es una idea ridícula pero es incluso más absurda cuando se fundamente en el lugar de nacimiento. Me hace gracia el hecho de que aquellos fervientes patriotas (nacionalistas los llamaría yo), no importa de que país vengan, defenderían otros países si simplemente hubiesen nacido unos kilómetros más al norte, sur, este u oeste, dentro de las fronteras de otra nación que consideran inferior. Es una contradicción, jocosa pero a la vez seria.

Las fronteras son una creación de algunos seres humanos privilegiados: los estadistas. Es fácil comprobar la vergonzante artificialidad de las fronteras en África o en Oriente Medio, donde en muchos casos no son más que líneas rectas. Aquellas fronteras han causado más daño que bien: guerras han tenido lugar por dichas líneas mal dibujadas por los poderes imperiales occidentales, familias han sido separadas (sólo hay que recordar el caos causado por la partición de la India o por la intercambio de población entre Grecia y Turquía).

Hasta que la gente no acepte el hecho de que los seres humanos son iguales, sin importar el idioma, cultura, religión o raza, este problema del nacionalismo no será resuelto. “Viajar es fatal para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de mente,” dijo Mark Twain, no podría estar más de acuerdo. El nacionalismo es el refugio del ignorante.

Como un radical naïve no puedo soportar la idea del nacionalismo. ¡Ignorar las banderas, los himnos y toda esa parafernalia patriótica! Los países no deberían de existir. Todos pertenecemos a la misma nación: el mundo. Eso no significa que deberíamos marchar hacia una homogeneización, ya que la diversidad es una rara joya que ha de ser preservada.

"Mi país es el mundo, mis compatriotas la humanidad" es una cita de William Lloyd Garrison.

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